Cómo usar bien la imaginación puede cambiar tu vida

Nuestros alumnos siempre nos escuchan decir lo mismo: el Tai Chi es una disciplina que trabaja con el cuerpo para llegar a la mente. Es fácil centrarse mucho en el cuerpo, especialmente para los principiantes; al fin y al cabo, el cuerpo es lo que más tenemos «a la vista», y es lo primero que un principiante debe empezar a conocer si nunca ha practicado ningún deporte.

Sin embargo, una vez que ya empezamos a conocer y de alguna manera dominar nuestro cuerpo, es el momento de empezar a fijarse en cómo empleamos nuestra mente durante la práctica.

El concepto de mente se usa de manera muy amplia. Es una palabra cuyo significado se ha abierto tanto y abarca tantas cosas, que es difícil concretar de qué estamos hablando. No es el objetivo de este artículo entrar en detalles sobre eso, pero de manera escueta, en nuestra Escuela defendemos eso que llamamos mente consta de muchas partes, íntimamente imbricadas entre sí y que funcionan de maneras casi simultáneas. Por un lado tendríamos la más conocida, que es la mente racional, la que más usamos. Es la parte de la mente que organiza, planifica, piensa con lógica… En esta parte de la mente reside además la conciencia de individuo que tenemos cada uno: yo soy, yo creo, yo me llamo, yo opino… etc. Es lo que en muchas filosofías, como es el caso del budismo, llaman el ego, esa parte del ser humano que es necesario trascender y acallar, porque limita nuestra visión impidiéndonos alcanzar la iluminación o nirvana, por poner un ejemplo.

Aunque es la más evidente, la que más usamos y la que más «ruido» hace, no deja de haber otras secciones que también podemos catalogar como mentales, pero que son sutilmente diferentes de esta primera mente racional y lógica. Tenemos por ejemplo la mente sensible, que es la parte de la mente encargada de percibir, recibir la información que nos llega a través de los sentidos. No es la parte encargada de analizar esa información (esa tarea corresponde a la mente racional, en un nivel más o menos menos consciente según de qué información se trate), solo pretende RECIBIR, sin más. Esta parte de la mente es la que en Tai Chi se trabaja a través de la llamada «energía de escucha» o «Ting Jin».

Otra parte de la mente sería la memoria, que no es racional ni sensible, sino un espacio de almacenaje. Otra parte sería la capacidad de atención y concentración, que van acompañadas de la «fuerza de voluntad», una misteriosa potencia que a veces se ubica en la mente y otras en lo emocional, porque tiene algo de ambos mundos sin pertenecer del todo a ninguno.

Y entre algunas partes más, encontramos la potencia mental que hoy nos ocupa: la IMAGINACIÓN.

La imaginación está definida según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua como la «facultad para imaginar o representar en la mente las imágenes de las cosas reales o ideales«. Es una definición bastante explicativa. Yo puedo pensar en un árbol simplemente como una palabra, o imaginar el árbol y de alguna manera «verlo» en mi mente, con su forma, sus colores…

Por desgracia, esta definición se deja fuera un aspecto muy importante de la imaginación: el papel que juega la personalidad y la voluntad de la persona en las imágenes creadas, y la manera en que éstas afectan a nuestro organismo, y a nuestra forma de vivir. Empecemos por lo primero.

¿Qué crea esas imágenes? ¿Y por qué llegan hasta nuestra mente?

Para estudiar el fenómeno de la imaginación, debemos analizarlo. Nos daremos cuenta de que la hay de dos tipos.

El primer tipo de imaginación es el tipo descontrolado: a nuestra mente llegan de manera desordenada y salvaje todo tipo de pensamientos, en forma de imágenes, sensaciones, incluso palabras… A este primer caso lo conocemos como fantasía, y es un mecanismo natural que nuestra mente ha desarrollado, en unión con nuestro cuerpo, con varios fines. Observaremos que el contenido de las fantasías suelen consistir en posibles desenlaces a una situación que anticipamos con angustia o con alegría (qué me dirá el médico durante la revisión, cómo irá esa cita con la persona que me gusta, etc.). Estas fantasías o ensoñaciones tienen el objetivo de prepararnos para los posibles resultados de un evento, pero tienen un problema: consumen una gran cantidad de energía y recursos mentales, además de que toman bastante tiempo. Si alimentamos mucho este tipo de fantasías, tenemos el fenómeno llamado overthinking, palabra inglesa que significa «pensarse demasiado las cosas». También tenemos las ensoñaciones típicas que resultan de dejar divagar la mente sin control. ¿Qué haría si me toca la lotería? ¿Qué lugares del mundo visitaré? ¿Cómo será mi príncipe/princesa azul?

El factor común de esas acciones es la falta de control por parte del «pensador». En cambio, hay otro tipo de imágenes, que son las que nosotros CREAMOS por voluntad propia. El proceso de creación de esas imágenes o sensaciones es parecido, pero es nuestra VOLUNTAD y nuestro INTELECTO quienes dicen qué imagen se crea, cuándo y cómo. Algunos ejemplos de imaginación aplicada:

  • Pensar cómo podría reorganizar los muebles de una estancia, e imaginarlos en su nueva ubicación.
  • Los niños, que juegan siguiendo unas directrices autoimpuestas como «soy un policía» o «estamos en la Luna» (aunque a veces esas directrices cambien con mucha flexibilidad).
  • Crear una historia inventada.
  • Intentar visualizar cómo combina esta camisa que veo en la tienda con otras prendas que guardo en mi armario.
  • Al dibujar o pintar, «ver» el cuadro terminado antes de haber trazado una sola línea con el lápiz.

En este otro tipo de visualizaciones, vemos claramente la mano de la persona pensante dirigiendo lo que se intenta representar. Ya no vale cualquier imagen, hay que seguir unas reglas que el pensante define previamente. Este sí es el proceso al que llamamos imaginación.

La imaginación tiene un impacto palpable en el cuerpo

En la antigüedad, los sabios y monjes decían que pensar bien es imprescindible para vivir bien. Algunas religiones y supersticiones afirmaban que los malos pensamientos son inducidos por demonios o genios malévolos, y que si les damos cabida, nos llegan a enfermar. Tanto los unos como las otras eran creídos sin más por la gente, pero hoy en día tenemos una ventaja que ellos no tenían: la medicina, la neurociencia y la ciencia nos ayudan a comprobar este tipo de creencias y ver qué hay de cierto en ellas. ¿Y quién lo diría? Resulta que tienen más de cierto de lo que parece a simple vista.

Hoy existen numerosos estudios que han comprobado mediante métodos distintos que lo que pensamos afecta a nuestro organismo de forma directa. Nuestro subconsciente es incapaz de distinguir si una situación es real o si es inventada: libera exactamente las mismas reacciones hormonales. Por ejemplo, si una persona se imagina con alto nivel de realismo que es asaltada por la calle por un ladrón con navaja, sus niveles de cortisol, estrés y adrenalina se pondrán casi al mismo nivel que si la situación fuese real. De esto se trasluce que todo lo que pensamos, imaginamos o fantaseamos afecta de forma directa a nuestro cuerpo.

El Tai Chi nos enseña también que nuestro cuerpo responde mucho mejor a las imágenes que a las palabras. ¿Cuántas veces hemos querido relajarnos hablándole a nuestro cuerpo? «¡Relájate, suelta la tensión!» le decimos sin parar, pensando que así lograremos algo. Sin embargo, atendiendo a o que nos enseña el Tai Chi y la ciencia, tal vez sea mejor imaginar la suavidad en nuestro cuerpo, crearla a partir de nuestra mente, y a partir de ahí, dejar que el cuerpo capte el mensaje y que ejecute la orden.

Si imaginar cosas negativas nos afecta negativamente a la salud y el estado de ánimo, también es cierto lo contrario: imaginar de manera activa y consciente cosas positivas nos va a afectar de manera positiva.

Pero ¿cómo se hace eso?

Para terminar este artículo, os proponemos un proceso de entrenamiento, una pequeña rutina, una receta en tres pasos para empezar a usar mejor el poder de la imaginación para que vuestra vida mejore.

Paso número uno: darse cuenta de cuándo llegan pensamientos e imágenes negativos

Este es sin duda el paso más difícil. Estamos muy acostumbrados a dejar a la mente suelta, sin el control de la conciencia y la voluntad. Tanto es así, que tomamos por algo natural el que nos lleguen pensamientos destructivos.

Por eso, el primero de los tres pasos es localizar e identificar cuándo se ha «colado» un pensamiento «no autorizado», que habitualmente será negativo. Pensamientos del tipo «esto va a salir mal de esta manera», «seguro que tal persona me decepciona o me engaña», «ya verás que cuando llegue, el tren ya se habrá marchado»… Los pensamientos negativos a veces son sobre cosas importantes, otras veces son trivialidades, pero igualmente es preciso reconocerlos cuando llegan. Tenerlos en el punto de mira, de algún modo.

Esto requiere una actitud de atención permanente (recordemos la enseñanza del Tai Chi: la atención no tiene por qué ser tensa, más bien al contrario: cuanto más tensa tengo la mente, más cosas se me pasan por alto).

Con este paso, logramos descubrir una verdad: nuestra mente divaga mucho, casi siempre hacia terrenos que no nos convienen. Pero ahora ya nos damos cuenta de al menos algunas de las veces que esto ocurre, lo cual es muchísimo.

Paso número dos: observar los pensamientos

Una vez identificamos las fantasías negativas, lo siguiente es aprender a observarlas. Quedarnos mirándolas un momento. Esto puede parecer absurdo. ¿Por qué solo observar los pensamientos? ¿No sería preferible tratar directamente de cortar los que no queremos?

El Tai Chi nos enseña que la paciencia es una virtud que es importante cultivar. Y Sun Tzu nos hablaba en el Arte de la Guerra de que antes de poder destruir al enemigo, es necesario conocerlo. Debemos asimilar que nuestra mente está diseñada para pensar. Es su naturaleza. No deja de emitir pensamientos, pero esto no es por maldad, es que simplemente ella es así. Además, los últimos tiempos parecen estar diseñados para alimentar y excitar nuestra mente racional con toneladas de información por minuto, y aún más, tendemos a pensar que esta mente es la única que tenemos, y que es lo único que nos define como humanos, por lo que el resultado es el que ya hemos comentado: actividad frenética y sin control.

Observar los pensamientos sin querer influir en ellos nos permite conocernos a nosotros mismos, ver en qué cosas pensamos más, y comprender por qué. Nos han llegado comentarios de muchos caminantes que recorren el Camino de Santiago y dicen que lo mejor es cuando llevas un par de días caminando solo y en silencio, porque ahí, los pensamientos cotidianos se apagan, y solo quedan las inquietudes más trascendentes. El Tai Chi nos ofrece la posibilidad de vivir esto, pero sin tener que irnos una semana a caminar… siempre que practiquemos correctamente, claro está.

Paso número tres: tomar posesión de nuestra mente, controlar los pensamientos

Y entramos en la parte difícil: empezar a dictaminar qué pensamientos queremos admitir en nuestro mundo mental, y cuáles no. Para ello hay dos vías de acción principales que podríamos tomar:

A) Intentar frenar esos pensamientos que no queremos.

Ejercer un control directo es el enfoque que solemos adoptar en primera instancia. Resistimos la entrada de pensamientos poco favorables levantando un muro mental que los expulsa o les impide la entrada. Esta es la vía que persigue la meditación Zen, por ejemplo: llegar al «centro» y ahí volverse imperturbable.

Esta es una vía con un buen grado de efectividad, claro, pero tiene un problema: depende mucho de nuestro estado mental, emocional, anímico… El día que estamos bien, con cierta práctica podemos hacerlo, pero cuando se nos presenta un problema, o simplemente una situación inesperada, la tranquilidad mental puede romperse.

Solo recomendamos este enfoque si el practicante ya posee un buen grado de dominio de su propia mente. Si no es el caso, conviene empezar por la otra vía.

B) Sustituir.

Esta técnica funciona tanto si el pensamiento ya ha entrado en nuestra mente, como si todavía no ha aparecido siquiera. Imaginemos que ya ha entrado un pensamiento negativo, que nos hace fantasear con un escenario angustiante, de miedo, de dolor… A través de nuestra capacidad creativa, es decir, de nuestra IMAGINACIÓN, podemos cambiar ese pensamiento, darle la vuelta, de manera que resulte en una imagen agradable, un resultado deseado, y convencernos de corazón de que ese resultado también es posible, tan potencialmente real como el negativo.

Todavía más eficaz resulta esto cuando nos anticipamos a la llegada de un mal pensamiento: llenamos el «espacio mental» disponible con una imagen que NOSOTROS proyectamos de lo que deseamos que ocurra o lo que queremos sentir. Por ejemplo, conectarnos mentalmente con una parte del cuerpo concreta, como la cintura o las rodillas, a través de la imaginación otorga una conexión mucho más sólida y directa. Si nuestra mente está llena con esa imagen, ¡ya no tiene sitio para ninguna otra!

Consideraciones finales

Está claro que la imaginación es una herramienta muy poderosa. Ya desde antiguo, los sabios hablaban de ella y recomendaban su uso. Aunque la ciencia la desdeñó durante un tiempo, hoy se está redescubriendo la importancia que esta facultad mental posee en el plano general de la salud mental e incluso física del ser humano.

El Tai Chi utiliza la imaginación como una más de sus herramientas que, si bien es como decimos muy útil, y es importante aprender a usarla, es igual de importante aprender a utilizarla en su contexto y en su justa medida. La imaginación es un apoyo, una excelente vía de comunicación mente-cuerpo, pero pasarse el día imaginando no es posible (ni recomendable), porque nos desconectaría de la realidad.

Usemos la imaginación, pues, cuando sea correcto y necesario usarla, y de esta manera, nuestra práctica, y también nuestra vida, darán un salto de calidad importante.

Algunos libros para fomentar la imaginación:

  • Momo, de Michael Ende
  • La historia interminable, también de Michael Ende
  • La isla del tesoro, de Robert L. Stevenson
  • Cualquier libro, en realidad, nos ayuda a desarrollar nuestra capacidad de generar imágenes mentales visuales e incluso sonoras. ¡Apróvechémoslos!

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