Los seres humanos, a través del tiempo, hemos desarrollado un modo de vida basado en la tecnología, en lo material, donde prima lo inmediato, la velocidad, el tener y parecer. Pero el ser humano tiene otras necesidades, otras aspiraciones, que no son estrictamente materiales, y que responden a su naturaleza más profunda. Hablamos de la imaginación, de la intuición, de los sentimientos; en definitiva, del mundo del alma.
Muchos pensadores nos van a decir que lo que nos hace humanos es la conciencia, pero que esta no es estable, que fluctúa, que no se mantiene en un punto fijo, que es como un ascensor que sube y baja. Cuando se mantiene arriba, nos comportamos como humanos, pero si está siempre abajo, nos asemejamos mucho a los animales.
Cuando vive en nosotros la forma animal, predominan la violencia, el egoísmo, la ira, nos deshumanizamos, y sale lo peor de nosotros. De ahí la necesidad de desarrollar los medios y las formas para llegar a nuestra auténtica esencia humana.
La educación marcial filosófica ha tratado de dar siempre una formación integral, donde el objetivo de dicha formación es llegar al centro mismo del ser humano, a la identidad más profunda, a conectar con esa realidad interior que subyace dormida.

Los grandes maestros de Oriente y Occidente nos han dejado un legado muy rico de enseñanzas, donde nos dicen que hay que actuar desde nuestra parte más noble, más bondadosa, más justa y más luminosa. El camino de la filosofía marcial nos tiene que ayudar a desarrollar nuestros valores, para poder actuar siempre de manera generosa y en beneficio de la humanidad.
El hecho de practicar un arte marcial tradicional con una visión filosófica nos lleva a desarrollar una actitud y un modo de vivir más profundo. Esta visión nos conecta con la naturaleza, nos lleva a sentirnos parte de ella, volviéndonos más respetuosos y más sensibles a todo, al sufrimiento, al dolor ajeno, volviéndonos más humanos.

Nuestro desarrollo humano debe tener metas, objetivos a alcanzar. Se trata de ser mejores; no queremos ser fuertes para derrotar a los demás, sino para vencernos a nosotros mismos. Esta es una de las enseñanzas más profundas que encierran los secretos marciales, vencer nuestros propios miedos, nuestras debilidades.
Por eso tenemos que trabajarnos a nosotros mismos y desarrollar nuestro verdadero potencial. Ser fuerte significa que hemos vencido la parte animal y, por tanto, nuestro poder reside en lo humano. No queremos solo tener apariencia humana, sino conquistar aquello que nos hace humanos, como la solidaridad, la compasión, la convivencia, la lealtad…
Todos hemos tenido la experiencia de estar practicando a veces de manera mecánica, donde el cuerpo realizaba movimientos y nuestra cabeza estaba en otro sitio, sin conexión con lo que estábamos haciendo. O simplemente buscamos estar fuertes físicamente, con lo que reducimos nuestro arte a la mínima expresión.
Cuando acallamos nuestra mente en medio de la práctica, permaneciendo en silencio, concentrados, donde el parloteo mental se acalla, percibiendo el cuerpo como una unidad, donde las articulaciones, la respiración, la energía fluyen a través de los movimientos, llegamos a conectarnos con algo más profundo, que está en cada uno de nosotros, a lo que podemos llamar el corazón-espíritu.
Y cuando aprendemos y descubrimos que lo que llamamos fuerza no es otra cosa que el amor que ponemos en lo que hacemos, se abre para nosotros una nueva etapa de prácticas y de vivencias más profundas.
Aquí surge la idea de practicar desde el corazón, y no desde el cuerpo. El corazón nos conecta con la esencia de las cosas, de los seres humanos, nos lleva a conectar con una realidad que trasciende lo meramente físico. Nos conecta con el alma de la Vida, y hace que nos relacionemos entre nosotros de otro modo, no de forma superficial, sino de una manera más rica, más auténtica.
Practicar desde el corazón supone conectar con esa tradición de sabiduría viva, que nos trae las enseñanzas de los viejos maestros. El corazón crea puentes entre los seres humanos, eliminando todo tipo de barreras, elimina la separabilidad, el odio, el egoísmo, y desarrolla el valor en nosotros.
En el corazón se guardan las vivencias más profundas, más elevadas; de ahí que la diferencia entre la mente y el corazón sea que la mente guarda recuerdos y el corazón atesora vivencias del alma.

El corazón y el valor están íntimamente conectados; por eso es tan importante hacer y actuar desde el corazón. No nos dejemos corromper. Hablamos de una corrupción moral. Cuando no cumplimos con lo que decimos, cuando faltamos a la justicia, a la verdad, cuando miramos hacia otro lado, cuando no actuamos por una causa noble, cuando preferimos aceptar la mentira porque nos da miedo la verdad, eso significa corromper el corazón, perder la unidad de coherencia que debe habitar en cada uno de nosotros.
Nuestro mundo se ha convertido en un mundo de apariencias olvidando las esencias, hay un culto a lo feo, a la debilidad, a la mentira…
Se trata de mantenernos firmes y desarrollar nuestro valor, pues en este mundo cambiante, donde no tenemos ejemplos de vida, debemos tener el coraje y la gallardía de mantener los principios de unidad e integridad.
Practicar desde el corazón consiste en poner el alma en todo lo que hacemos, pues si no, nuestros actos estarán vacíos, no habrá fuerza, no tendrán vida.
Cuando practicamos de esta manera, aprendemos a caminar por la vida como verdaderos seres humanos, y no dejamos de aprender nunca, la práctica se convierte en algo íntimo, vivo, donde entramos en contacto con lo más profundo de nosotros, con nuestra Voz Interior, que es la que debe dirigir nuestras vidas.
Autor : Miguel Montes López
Responsable del I.B. de Córdoba
Artículo extraído de la Revista Tao Tien número 89 de la Escuela de Taichi de José Antonio Vera

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